Lis Valle Menu #2

Un altar lleno de gente con Jesús en la mesa

“¿Habías hecho esto antes?,” me preguntó una de las estudiantes. Le respondí: “¿Tener a toda la congregación en el presbiterio para el culto de adoración? No, ésta es la primera vez.” Su pregunta me puso a pensar. ¿Por qué lo hicimos? ¿De quién fue la idea? ¿Cómo llegamos a esa decisión? Yo no podía recordar, pero sé que parecía ser la forma más adecuada para cerrar el instituto de liderazgo de raíces latinas celebrado este verano en la Escuela de Teología de la Universidad de Boston.

El Instituto de liderazgo de raíces Latinas convoca y equipa a las nuevas generaciones de líderes hispanos/latinos para ministerios en la iglesia y la sociedad. Este año se llevó a cabo del 3-7 de agosto de 2015. El mismo fue celebrado simultáneamente con la Academia de liderato de la juventud hispana – nivel universitario, un programa de liderazgo que acompaña a los participantes a través de la escuela superior o secundaria y la Universidad, y a quienes reúne todos los veranos. El resultado de tener ambos eventos al mismo tiempo generó un grupo de casi 40 adultos jóvenes, entre estudiantes en la Universidad, el Seminario o programas graduados. Participantes de iglesias Metodistas, Episcopales, Católicas, y Discípulos de Cristo discernían su llamado al Ministerio mientras exploraban temas como eclesiología, espiritualidad, pentecostalismo, identidad, justicia, inmigración y encarcelamiento masivo.

Los rituales diarios de adoración eran un componente importante del programa y tuve el honor de servir como capellana del evento para facilitar los mismos. Cada día comenzaba y terminaba con meditaciones acerca del Ministerio como acompañamiento. Cada día reflexionamos sobre alguna parte de la historia bíblica conocida como la caminata a Emaús (Lucas 24:13-35) y la relacionábamos a los temas del día. En el ritual de apertura del Instituto caminamos en pares para entrar al espacio de adoración mientras hablábamos sobre las expectativas que teníamos para la semana. Una vez dentro del espacio de adoración, preparamos juntos la mesa. Cada participante añadió una pieza: un mantel, una cuchara, un tenedor, un cuchillo, un plato, una taza o un centro de mesa. Nuestras acciones recordaban las de los caminantes que compartían sus inquietudes mientras caminaban a Emaús y luego organizaron la mesa para partir el pan con el extranjero que caminaba con ellos. Aún más, nuestras acciones también representaban una definición particular de lo que significa ser Iglesia: el que todos los miembros tienen algo que traer a la mesa a fin de lograr algo con muchas aportaciones diversas; una metáfora diferente para el cuerpo de Cristo.

En vista de que comenzamos la semana poniendo la mesa juntos, quisimos terminarla comiendo juntos. Como señaló un participante, lo que faltaba en nuestra configuración de la mesa fue la comida. Por consiguiente, nuestro ritual de cierre incluyó partir el pan mientras también recordábamos que los caminantes a Emaús partieron el pan y entonces reconocieron a Jesús. Lo hicimos con la esperanza de encontrar en esa experiencia la inspiración para irnos con una perspectiva diferente, de igual manera que los caminantes decidieron regresar a Jerusalén para decirle a las demás personas lo que había sucedido en el camino, y cómo Jesús se les había dado a conocer al partir el pan. Por lo tanto, nos reunimos alrededor de la mesa en el presbiterio o altar, el espacio para el clero y el liderato.

Alrededor de la mesa estuvimos en diálogo con la Divinidad a través de los cánticos, la oración y la lectura bíblica. Alrededor de la mesa escuchamos la Palabra, compartimos una comida, y recibimos la comisión de servir a Dios y al Pueblo. Alrededor de la mesa, ahora con alrededor de 60 personas adorando, con la adición de la Junta asesora y la Facultad del Instituto, escuchamos la Palabra interpretada y proclamada a través de un sermón colectivo titulado “De regreso a Jerusalén.” Tres participantes compartieron las conexiones que percibieron entre sus experiencias de vida; la experiencia de los caminantes en Lucas 24:30-35 al partir el pan, reconocer a Jesús y volver a Jerusalén; y su propia decisión de regresar a sus contextos para servir a sus comunidades de las maneras únicas que honren sus dones y las herramientas que adquirieron en el Instituto de liderazgo. El sermón fue una hermosa combinación de sus dones y sabiduría. No sólo escuchamos sus historias e ideas sobre el pasaje de las escrituras, también vimos una danza, un balón de fútbol y a una predicadora vestida en uniforme de fútbol, todo esto con el fondo musical de una guitarra acústica.

Respondimos a la Palabra partiendo el pan y bebiendo leche mezclada con miel, un ritual que adaptamos para nuestro contexto de un “ritual mujerista” (Ada María Isasi-Díaz, Teología mujerista: una teología para el siglo XXI; Maryknoll, NY: Orbis Books, 1996, 179-185). Desde la mesa recibimos la comisión. Cada participante tomó un elemento de la configuración de la mesa y lo dio a otra persona. Con nuestras herramientas recién recibidas salimos del presbiterio y nos paramos en la parte del frente de la capilla Marsh, mirando hacia las bancas, las puertas, el mundo. Allí, de pie mirando hacia fuera, escuchamos cómo nuestros ministerios son diversos, de la misma manera que se necesitan diferentes elementos para preparar una mesa. Muchas personas miraron sus cucharas o sus copas mientras se les animaba a volver a su propia “Jerusalén” y preparar la mesa para los demás de la manera única en que cada persona ha sido llamada para hacerlo. Luego salimos de la capilla cantando “Enviada soy de Dios.”

A fin de cuentas, identificar de quién fue la idea o cómo llegamos a esa decisión no es tan importante como el hecho de que hicimos algo juntos para encontrar al Dador de la Vida. Caminamos juntos, recordamos a los caminantes que volvieron a Jerusalén y regresamos a nuestros contextos para decirles a otras personas lo que había sucedido en el Instituto de liderazgo, y cómo reconocimos a Jesús una vez más al partir el pan.

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